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Raúl Alfonsín, “una entrada a la vida”

*Por Francisco Gonzalez /// En tiempos de frases cortas e imágenes que quieren resumirlo todo. En tiempos en los que la historia y sus protagonistas aparecen de manera simple, breve y fugaz. En estos tiempos recuperemos a Alfonsín desde su propia riqueza y complejidad. Hombre de democracia, por tanto de diálogo e ideas que nutren nuestro presente que nos permiten seguir pensando en una sociedad cada vez más justa. Ideas que nos dejan incluso huellas, indicios de cuál es el camino para una vida en democracia.

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La democracia se ha consolidado como forma de gobierno, como mecanismo, a través del voto, para ejercer y legitimar el poder. Recuperar las enseñanzas de Alfonsín hoy, en un nuevo aniversario de su fallecimiento, pueden hacernos pensar que hay mucho por hacer, aprender si queremos que la democracia sea más que votar nuestra forma de vivir.

Como pueblo, como sociedad, la democracia como valor es la forma de relacionarnos cotidianamente, en nuestras instituciones. En la escuela, en el club, en la sociedad de fomento, en el centro de estudiantes, en una organización sindical, en cada organización que construimos para el bien común, para defender o reivindicar determinados derechos, allí debe regir la democracia.

Los discursos de Alfonsín dejan siempre la sensación de declaraciones de principios que trasciende el propio contexto en el que fueron dichos. En su discurso de asunción presidencial del 20 de diciembre de 1983 ante la Asamblea Legislativa expresa que  “La democracia no se establece solamente a través del sufragio ni vive solamente en los partidos políticos. La democracia necesitará que el conjunto de la sociedad exprese aún las temáticas específicas desde el compromiso representativo y republicano. No desconocemos la existencia de instituciones cuya tremenda trascendencia espiritual orienta la vida cotidiana de millones de argentinos, ni la existencia de organizaciones intermedias. Unas y otras podrán colaborar en el gran debate nacional como partícipes de la forma de vida democrática, sin que se descarte la existencia de nuevos canales para expresar la compleja realidad de nuestro tiempo, pero en el reconocimiento siempre, de que los objetivos son establecidos por el conjunto de la nación, a través de sus representantes, y no de acuerdos dominantes o corporativos entre los sectores, realizados con la prescindencia de las legítimas representaciones o, aun, como ha ocurrido en nuestro país en contra las legítimas representaciones”

El compromiso con los principios representativos y republicanos para el desarrollo de una democracia plena se logra con una sociedad que basa sus acciones en la confianza. En otro de Alfonsín expresa: “Llevamos muchos años concentrando la autoridad y centralizando todas las decisiones. Nada más útil para las aventuras totalitarias, porque reemplazando o vigilando a unos pocos funcionarios y dirigentes de las organizaciones de la comunidad se obtiene el ejercicio del poder absoluto. Si queremos que los treinta millones de argentinos participen en el esfuerzo creador -y sabemos que es el único camino— es necesario tener confianza en todos y en cada uno de los ciudadanos. Esto vale para el gobierno y para las organizaciones no gubernamentales. La Argentina ha dejado de ser una sociedad abierta. Vivimos todos rodeados de imposiciones, prohibiciones y privilegios que paralizan las manos del innovador y favorecen a cúpulas que se han fortificado en las organizaciones para servirse de ellas”

El diálogo lejos de ser una simple charla, es la base del entendimiento y la construcción común. Claro que para ello debemos tener en cuenta que en ese diálogo debemos participar pensando en el bien común, superando la idea de que uno gana y otro pierde, que una idea se impone sobre la del otro. El diálogo democrático es un diálogo que da lugar a la construcción de ideas, proyectos que superen miradas fragmentadas. Dice Alfonsín en 1983: “El diálogo, para ser efectivo, será un diálogo real que presupondrá el reconocimiento de que no tenemos toda la verdad, de que muchas veces habremos de equivocarnos y que hemos de cometer errores humanos”. Vuelve a reafirmar en 1984, en la Asamblea Legislativa acerca del diálogo: “(…) diálogo que presupone la unidad de los dialogantes, y esta unidad exige un amplio espíritu de reconciliación. Sin reconciliación y diálogo aparecerían y se acrecentarían las tendencias a la fragmentación”

Sin diálogo con intensiones buenas, orientadas al bien común (Alfonsín menciona la necesidad de hablar con honestidad y basar las acciones en la bondad), sin una profunda intensión de acercamiento y de reconciliación entre voces, sectores del conjunto social, la democracia no trasciende los mecanismos formales y no logra convertirse en una verdadera forma de vida. Hoy sigue siendo nuestro desafío.

*Presidente de la Unión Cívica Radical de Olavarría

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